viernes, 20 de octubre de 2017

Nuestras palabras al libro Cantos del sexto escalón del tiempo (Tríptico) del escritor y poeta Fernando Cely Herrán

A manera de presentación

Escribir de un poeta y su obra es una asignatura compleja, porque es preparar el espíritu para una especie de ensamble. Porque es necesario adentrarse a ese universo sagrado que es el alma de un artista, a su creación, a su psique. No de otra forma se puede hablar con propiedad de algo que es la vida misma, la condición de ese ser especial, que nos ha tocado en suerte, traducir a efecto de presentarlo a los demás seres humanos para que comprendan, aunque sea someramente, todo el arsenal poético que puede habitar en un bardo, porque bardo es sin duda Fernando Cely Herrán.

Cantos desde el sexto escalón del tiempo, es un tríptico visceral, de la profunda esencia de un hombre que aceptó el llamado de la gran voz de la poesía, que no tuvo temor ante el enorme peso sideral que conlleva semejante compromiso, y antes, por el contrario, asumió el reto con gallardía y sobrado valor, prueba de ello, es esta obra depurada, decantada, que hoy tengo en mis manos. Son tres cuerpos tutelares, cada uno con su propio criterio estilístico, su específica entidad temporo-espacial, su lírica definida, sus voces emancipadas; tres ramas distintas del mismo frondoso árbol de la poesía, que nos brinda sus frutos dolorosos, esplendentes, sabios, que como aquel famoso árbol bíblico, nos permite abrir nuestros ojos a la belleza, al equilibrio, al saber, al discernimiento.   

Un gran poeta es aquel capaz de trascender su «yo» y enfundarse la piel de sus semejantes, ser los otros, esos seres silenciosos, vapuleados, que nacieron sin voz, o que no supieron o no aprendieron a cantar sus penas, alegrías, tristezas, entonces el vate toma prestada la lanza de Alonso Quijano y derriba muros, y molinos, y mordazas, y sepulturas, y el universo canta a ritmo de versos, de palabras luminosas, toda esa vida que bulle frente a nosotros, pero que solo el verdadero poeta es apto de interpretar, por esa especial condición de empatía con que vibra su alma, su corazón.
Puedo decir, sin temor, que he visto esta lanza mítica en manos de don Fernando Cely Herán, verlo cabalgar por las praderas de las cuartillas, brindando versos transparentes para que las brisas los lleven en todas las direcciones de la rosa de los vientos, donde esperan sedientas las almas que encontraron en su poderoso arte, la posibilidad de ser escuchadas, visibilizadas, eternizadas.

Hilos dispersos, son veinticinco textos bien hilvanados,  que nos llevan de la mano del poeta, por los vericuetos impredecibles de la vida, ese laberinto de sensaciones, de asombros, de episodios que forman la existencia del ser. El poeta Fernando Cely es Dante, el de la Divina Comedia, guiándonos por los veinticinco caminos de los sentidos, mostrándonos, desde su propia experiencia, la experiencia de todos. En él nos leemos, nos encontramos, nos reconocemos. Es un intenso «yo lírico», capaz de trascenderlo, de humanizar cada palabra, cada tropo, cada símbolo, de descifrar lo ignoto, de verbalizar el dolor, la emoción; darle un ritmo, un rostro poético a lo vivido, padecido, gozado, sufrido. Son textos que están dispersos, pero no enredados, porque la poesía misma no obedece a un orden sistemático, a una prefabricación, y el buen poeta lo sabe, por eso no la asfixia, más bien la deja discurrir, que nombre, que descubra, y eso mismo hace nuestro maestro y amigo, Fernando Cely Herrán.

De versos sueltos y otros dolores, una colección de poemas de variada extensión, con la presencia total de un «yo poético», que se siente en cada texto, en cada lira que suena en nuestra alma, en cada verso que nos transmite el dolor, esos golpes duros de la existencia, textos donde el poeta nos expresa sus emociones, su profesar la amistad, sus amores, sus días de angustia, de derrotas, de indignación ante el crimen, al despojo, a la usurpación de los recursos naturales, pero también su cara a cara con el dolor físico, su valentía ejemplar ante una presencia acaecida, soportada con estoicismo y siempre el verso hermoso para paliar la hora crítica. Y qué decir de las pérdidas personales: del padre inconmensurable, su guía más allá de los días, letra dolorosa de ausencia; y de la madre, cifra altísima de amor, de agradecimiento, de fiesta, de luz.

   Contrapostales para ciudades insomnes,  En este tercer segmento del tríptico, nuestro poeta es mucho más lírico, más lúcido, con una sabiduría que le brota de lo más profundo, de allá, de donde sale auténtica poesía, sin falsas posturas idiomáticas, con cortes precisos de versos, con imágenes bien logradas que hacen justicia al nombre dado de «contrapostales», porque son eso, miradas penetrantes que trascienden la primera impresión de la postal, ya que nuestro autor, con ayuda de lo poético, entra a la esencia de las cosas y nos las interpreta, las disecciona, las hace definidas, entendibles, comprensibles, y así podemos aprehender su verdad última. Ahora una brevísima muestra de arte: No hay dos lluvias iguales en el alma… Cada gota es un poro/que respira y que llora/ en la fugacidad de las ausencias… Hay que comprender/que la tristeza es parte de la piel… Nuestros muertos no han muerto/ nuestros muertos nos miran…

Solo queda invitarlos a ustedes, amables lectores, a degustar de este tríptico poético, elaborado, depurado, por un poeta esencial, de casta, que respeta y ama su oficio. Por mi parte, agradecer al autor la confianza en mí depositada, y el haber tenido el honor de hurgar en su poética. ¡Hasta siempre!   

Juan Carlos Céspedes Acosta
Cartagena de Indias, 6 de agosto de 2017

© Todos los textos son de propiedad exclusiva de Juan Carlos Céspedes (Siddartha)

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