martes, 22 de julio de 2014

Del libro: Contra toda evidencia, el cuento

Los cabos sueltos
Por Juan Carlos Céspedes Acosta

  Los comercios cerraron sus puertas, en la soledad de las calles la brisa hace remolinos con la basura que dejaron las agonías del día. La noche oscura y las pocas iluminarias que aún sirven, se debaten inútiles ante las sombras de los viejos edificios. Se escuchan pisadas a lo lejos, pero no se ve a nadie, es como si alguien estuviera extraviado y buscara una salida para escapar de su propio laberinto. Un cuerpo yace tendido en el umbral de un almacén de zapatos, es una masa informe de harapos, del cual emana un olor ácido que se apodera de un amplio radio, límite invisible de propiedad solo reconocida por otros seres vencidos, expropiados de otra realidad, ajena a esta de madrigueras de plástico, cartón y trapos viejos. Cada cierto tiempo un carro se aventura a pasar veloz y sus faros alumbran fugazmente el teatro absurdo de los cabos sueltos que todos hemos ido dejando.
  Esta noche, después que una amenaza de lluvia espantara temprano a la gente, decido quedarme a apostar unos tragos de licor con mi aburrimiento, sabiendo que la victoria se la llevará la mano temblorosa del cantinero dominicano, a quien una mujer le hiciera perder para siempre el barco en que debía partir. Es un simple pulso de párpados, donde mi cigarrillo deja caer sus cenizas mientras yo me doy gusto con el  fogonazo de un ron cubano, haciéndolo llegar de golpe al lugar de mis interrogantes y dudas. A veces pasa alguien frente a la puerta del bar, casi siempre universitarios atrapados por su afán de conocimiento, parejas de novios rezagados de los horarios establecidos; todos miran efímeramente hacia este hombre sentado, que les devuelve en un segundo lo que ellos quieran ver. Valoy, el cantinero, destapa una cerveza y la desliza con pericia por la barra hasta la mano sedienta de algún cliente. Somos figuras extrañas bajo los tonos azules de las luces fluorescentes pintadas de negro, casi distintas, como una forma barata de desparasitar la identidad, entonces nadie se preocupa de su rostro, porque no importa quién eres. Un refugio seguro, sin tamices de ninguna especie, una filosofía de la botella, una mayéutica del alcohol, y el exorcismo llevándose por el retrete la peste contagiada, después volver a la cuerda floja de la barra, donde Valoy te mira a los ojos, brujo latino, y te dice que te vayas, que es hora de cerrar, que la policía, los bandidos y todas esas mujeres esperan el último aventón de las cenizas de la noche. Otro banderillazo con la promesa de no volver a pedir más trago en esta jornada de ojeras descomunales.  Es cuestión de esperar a que la noche desocupe sus rincones, para salir y encontrármela de frente. Saco mi dinero y pago la cuenta sin propina, tras la protesta inverosímil del barman antillano por su conversatorio gratuito, hasta la próxima venida, le digo, para calmar su enojo de amigo traicionado a las tres de la mañana. 
Y todos esos sobrevivientes del bombardeo de la noche anterior saliendo a buscar la trinchera más propicia, múltiples caminos en dispersión, cada cual jalando su propia soledad, palpando su hilo por el laberinto de la madrugada que lo absorbe sin remedio. De pronto todo el vacío del mundo pasa ante mí, demasiado silencio para una sola persona. La brisa esperando en las esquinas con sus dedos fríos y todas las marcas de comestibles, cajetillas de cigarrillos, papeles inservibles haciendo remolinos con el polvo. Cierro los ojos mientras me quedo en el centro de aquel nudo de desperdicios de un solo día de indisciplina. 
Sé que asusto, quien me encuentre saldrá despavorido, o quizás tope con alguien más destruido y nos rifemos la vida. Los semáforos insisten inútiles con su luz roja, parpadean incansables a los fantasmas de los autos que no pasaran hasta la primera luz de la mañana. Llego al cruce de «las cuatro tumbas», donde la ruleta ha hecho de las suyas y las estadísticas se amontonan escandalosas. Me detengo al lado de un semáforo, miro al norte, de donde viene la brisa, recordando que aquí, justo donde piso, un puñal acabó con la vida de Gustavo, mi hermano. Respiro profundo hasta casi reventar los pulmones, si el albur trajese su asesino a mi cuchillo… 
Echo un vistazo a los lados y veo la inmundicia que ha dejado ese hormiguero de gente chocando afanada, con el único propósito de conseguir el éxito, ese animal prehistórico, que solo cambia de nombre y de víctima. Pongo una mano en la cintura para sentir el mango del cuchillo, muevo los pies como para no pisar la sangre, mi propia sangre diseminada por el pavimento. Puedo ver la sábana blanca que alguien puso en su cara como un gesto de pudor ante la muerte, y yo hincado a su lado, levantando la punta de la tela, para ver sus ojos despavoridos que nunca más han dejado de mirarme, y me escucho jurar  muy adentro, que derramaría la sangre que vertió la suya, ¡por Dios y la Virgen!
Pasa el tiempo, un cigarrillo en mis labios me distrae de la ansiedad de una cita con la venganza, podría, sumido todavía en los efectos del alcohol, seguir la huella dejada por cada ambicioso que salió a devorar el mundo, me guiaría por los cabos sueltos que las personas van dejando tras sus crímenes, la obra diaria, perfeccionada sin escrúpulo, como una licencia civilizada de pasar por encima. Podría rastrear cada papel, cada factura, un zapato en la vía, la peinilla y el bolígrafo, la historia contada por los objetos que han visto la sutileza de las fechorías más absurdas. ¿No saben acaso, que cada acto es un cabo suelto que forma la gran maraña donde se pudre la noche y sus desechos?  Me sujeto del cigarrillo para no vomitar, un auto pasa raudo con tres sombras adentro, cuando devuelvo la vista del carro que se pierde a la distancia, veo venir corriendo a hacia mí una silueta oscura, entonces oigo la voz de Valoy, como si estuviera a mi lado: el tipo que mató a tu hermano es alto y flaco, tiene el pelo largo y siempre viste de  negro.   

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