domingo, 26 de enero de 2014

Prólogo que hacemos al libro de cuentos: El soñador de culebras (José Ávila Forero)


Prólogo

El cuento siempre será, en mi concepto, un arte mayor. En la novela el escritor puede pifiarse, pero con buen pulso, enmendar el error y regresar al camino de la buena literatura, que espacio le sobra para ello, si el timonazo no ha sido catastrófico.  Cosa que no sucede en el cuento, donde el autor debe mantener sus sentidos en vigilia constante y no descuidar en ningún instante su escritura, so pena de perder al lector de manera definitiva.

Así las cosas, el escritor o cuentista que presenta sus textos al mundo, me merece toda mi admiración, pues sé que ha batallado con las palabras y sentido el vértigo que se experimenta cuando se camina por la delgada cuerda de la creación. Ahora, lo de bueno o malo, calificando la obra —que cada cuento lo es por separado—, obedece más a criterios subjetivos, en los cuales jamás habrá unanimidad, ni estarán de acuerdo los críticos, y mucho menos cada uno de los lectores que tengan esta colección de cuentos en sus manos.

El escritor José Ávila Forero, a quien tengo el gusto de conocer desde hace muchos años, por esos laberintos infinitos de la Asociación de Escritores de la Costa, Parlamento Nacional de Escritores, talleres literarios y cuanta actividad cultural nos convoque, ha puesto a mi consideración su más reciente libro: «Soñando con culebras amarillas», una colección de cuentos cortos, que vistos con superficialidad, parecieran tratar de diversas temáticas,  pero si aguzamos un poco nuestra «malicia» lectora, nos percataremos de que muchos de ellos convergen entre sí con una cuidadosa laboriosidad.

Es imposible escribir desde la nada, dicen algunos, y yo lo creo, esto para resaltar que en José Ávila Forero se destaca su pasado de hombre de mar, conocedor del secreto de las mareas, de los caprichos de los vientos, de los latigazos del sol y toda la parafernalia de la vida marinera, especialmente cierto en dos de los cuentos que vienen en este libro, títulos como «Una cosa bien jodida» y «La noticia de la bitácora», donde nos encontraremos con el manejo diestro de las situaciones, ficción creíble, que es el hielo peligroso donde comienzan a patinar quienes toman a la ligera el arte de contar historias, lo que no sucede en este caso, pues creemos, como cosa cierta, lo que nos narra el autor.
Pero el libro también nos presenta historias que señalan otra de las calidades de nuestro cuentista, su amor por el estudio de todo lo relativo a África y el episodio dantesco de la esclavitud en tiempos de la colonia española en América. El lector gozará de episodios bien narrados de este infame paso por la historia de la humanidad. Cuentos como «Conjuro Yoruba», «Los pesares del inquisidor», este último trabajado de tal manera que pasado y presente se conjugan para lograr un texto lleno de vida, ironía, de justicia.
¿Y qué colombiano no ha vivido, directa o indirectamente, el atroz conflicto en que se debate nuestro país? El asunto ha sido llevado a los medios de comunicación, con todos los matices y en todas las formas. Se dice que el tópico de la violencia saturó la literatura colombiana hasta el punto de hacerla indigerible, esto es cierto en alguna medida, pero no es menos cierto que ello también constituye un verdadero reto para quienes les gusta enfrentarse a las cosas difíciles… que los temas de la literatura siempre serán los mismos, solo cambia la voz del escritor que se adapta a los tiempos. José Ávila acepta el reto y juega su baza en el asunto, y a mi manera de ver, sale muy bien librado con su texto «La noche de las luciérnagas», que en mi concepto, es uno de los mejores de la colección.
El contar entre sus amistades a poetas, la perduta gente, como le gustaba decir a Alfonso Reyes, le permite conocer muy bien los egos y todo el intríngulis que se cuece en este mundillo, que no pocas veces adquiere ribetes de farándula decadente, material para utilizar en «El poeta de la calle» y «El poeta está triste», cuentos que desnudan acerbamente el hecho de que el poeta no es una criatura celestial, ni nada parecido, es un mortal como cualquier otra persona, sujeta a pasiones y capaz de los actos más vulgares.

Pero es seguro que cada lector sabrá encontrar el cuento que más lo satisfaga, que lo lleve al paroxismo donde solo la literatura nos puede transportar. Además, hallará en este libro un manejo claro del lenguaje, una sintaxis sin contratiempos, nada de rebuscamientos —trampa en que incurren muchos autores, que creen que con estas argucias destacan sobre el resto de escritores—, los tiempos son bien utilizados, se pueden ver narraciones en primera persona, en tercera, el omnisciente nos llevará de su mano, y en algunos momentos veremos mezclados los diferentes tipos de narradores, todo ello de manera sencilla, sin sobresaltos, sin aspavientos, como trabajan los que estudian, los que investigan y pulen las herramientas de este maravillo oficio de escribir.

La suerte está echada, pero lo digo, no porque la obra sea producto del azar, sino porque  desde  el  momento  en  que  salga el  primer  libro de  la imprenta, cada  cuento 
—obra cerrada en sí misma— iniciará su propia vida literaria, lejos del autor, quien deberá estar tranquilo, ya que en lo que a él respecta, hizo su parte de la mejor forma posible, como es respetar el arte de la palabra y trabajar con honestidad sus textos.

Y utilizando la jerga marinera, que el autor conoce tan bien, solo resta decir a «Soñando con culebras amarillas», ¡buen viento y  buena mar!, y puerto seguro en las manos de los lectores a los que deba llegar.

Juan Carlos Céspedes Acosta
Cartagena de Indias, 18 de diciembre de 2013

1 comentario:

Luis Payares Mercado dijo...

Fenomenal ese prólogo. Produce motivación, deseo, hambre y sed por devorar a "Soñando con Culebras Amarillas" Provoca tenerlo en mis manos para masticarlo palabra a palabra y página a página tal cual hice con "Muchas historias/Pocas palabras" le creo al prólogo por su autor.Felicitaciones.

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